Modo de Oración Carmelitana

1.    Preparación

La oración debe llegar a ser algo espontáneo (como el respirar), a modo de encuentro amistoso, sin más reglas que las propias del amor. No obstante, al principio de un itinerario orante se requiere una cierta preparación para adquirir un hábito. Esa preparación debe ser de dos tipos: remota y próxima.

1.1. Preparación remota

La preparación remota es la disposición interior con que ha de vivirse durante todo el día para facilitar el tiempo explícito de la oración cuando llegue. La oración se prepara con la vida, así como la vida de prepara, equilibra, re-orienta, transforma y dispone con la oración. El tiempo explícito de la oración, de “estarse amando al Amado”, del “trato de amistad”, del “amar mucho”, ha de ser deseado con “ansias en amores inflamadas”, como se desea ver a la persona amada, ya que “la dolencia de amor no se cura, si no con la presencia y la figura”. El tiempo de oración no es un tiempo más. No. Es “el tiempo”. Es el espacio temporal en que todo se suspende de un ligero y denso lazo de amor; es el tiempo de la gracia, experiencia de salvación. Es historia de salvación encarnándose y haciéndose concreta para alguien: para ti.

 En esta vida, que dispone remotamente a la oración, deben cuidarse, especialmente, los sentidos externos e internos. Si vivimos dispersos, pendientes de novedades, modas, vanidades, envueltos en músicas estridentes, conversaciones morbosas e innecesarias, chismes, murmuraciones, calumnias, lecturas superficiales, difícilmente podremos “recogernos” con el Amado en silencio y soledad. De ahí que, para ser orante de veras, toda tu vida debe constituirse en una disposición para ello. Habrá cosas, gustos, deseos, apetitos y apegos que nos cueste más dejarlos. De hecho, habrá hábitos tan arraigados en nosotros que con nuestra sola fuerza de voluntad no podremos vencer. En estos casos más enraizados, será el mismo Dios (el Amado, el Amigo) quien nos vaya, en el mismo proceso de la oración, liberando.  

 Como pueden apreciar, la oración no es cuestión de un momentito en la presencia de Dios. Es cuestión de toda la vida.

 1.2. Preparación próxima

La preparación próxima es el tiempo intermedio entre la actividad que hacemos (trabajo, estudio, deporte, lectura, etc.) y nuestra entrada explícita a la oración. Este tiempo debe ser, por lo menos, de 10 minutos. Aunque cada uno necesita más o menos tiempo (a discreción) para relajarse, soltar lo que hacía y disponerse (con serenidad y centrado) para la oración. Aquí podría ayudar alguna técnica de relajación mental o corporal.

 Esto es necesario, ya que, de lo contrario, perderemos el primero tiempo de “oración” (¿gimnasia espiritual?) en esta necesaria preparación y disposición. Esta preparación puede hacerse en cualquier lugar de acuerdo a la sensibilidad y necesidades de cada uno. Suele ayudar mucho cambiar de lugar (con respecto a la actividad anterior) para desconectar mejor.

 ¡Atención! La preparación no es todavía oración. La oración comenzará con la lectura de un texto espiritual (preferiblemente bíblico, al menos a los inicios) que ha de servir de base. De hecho, una primera lectura del texto podría hacerse fuera de la oración, como preparación próxima, para ir preparando el terreno del corazón para las lluvias de la gracia copiosa del Señor.   

 2.    Lección

 El acto mismo de la oración habrá de comenzar con una invocación al Espíritu Santo, sin cuya iluminación y graciosa presencia no podemos entrar en la presencia de nuestro Amado con el corazón y la mente dispuestos. Sin su presencia y auxilio ni siquiera podemos decir con unción espiritual el nombre de Jesús.

 La Santa Madre, Teresa de Jesús, también señala como conveniente santiguarse, hacer examen de conciencia y recitar el acto de contrición, como toma de conciencia de mi situación ante Dios (Véase: Camino de Perfección, capítulo 26). Pero esto dependerá de si ayuda o no al orante. Lo importante es encontrar el propio ritmo. La Santa Madre encontró el suyo en años de intensa lucha y nos acompaña (cual Madre y Maestra) hasta que cada uno de nosotros encuentre su propio ritmo, tiempos, lugares, itinerarios.

 La lectura es prácticamente imprescindible para los que comienzan un itinerario orante serio y sólido, ya que será el punto de partida de la reflexión con que comienza la oración. La lectura nos dará el contenido primero de la oración. Nos pondrá en camino para pensar, imaginar, entrar en el sacratísimo misterio de Dios, como a tientas, con sumo tacto y delicadeza. ¡Atención!: “nos dará el contenido primero”. La oración no consiste en “pensar mucho, sino en amar mucho”, como nos dice nuestra Santa Madre. La lectura va a abrir el apetito para que luego el Señor nos pueda alimentar con el agua viva de su gracia, de amor.

 No cualquier libro sirve para tomarlo como punto de partida de la meditación. La oración teresiana es “afectiva” (“amar mucho”, “lo que más le despertare a amar eso haga”), y por lo tanto no es cuestión de sacar grandes y brillantes ideas teológicas o espirituales. Es preferible un libro de vivencias y afectos que “despierte a amar” a uno de grandes ideas.

 Es sumamente recomendable el Evangelio (en sus cuatro versiones), ya que nos abre el horizonte de la vida de Nuestro Señor y nos invita a amarle, contrastando con su vida la nuestra. En este sentido, dirá nuestro Padre, San Juan de la Cruz, a propósito de las condiciones para entrar en la “noche activa del sentido”: “lo primero, traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él” (1 S 13, 3).

La lectura debe ser breve. No se trata de formar la cabeza, si no de sensibilizar y abrir el corazón. Elegir un pequeño texto. Si es de la Biblia, de los Evangelios, por ejemplo, y te has propuesto leer varios versículos, o incluso, todo un capítulo; y cuando lees el primer versículo algo te engancha, encuentras un “calorcito” y “jugo” espiritual, detente. No leas más. Quédate ahí y profundiza en ello. Allí, y sólo allí, está lo que el Señor tiene para ti ese día. Allí está el contenido de tu oración.

¡Atención! No conviertas el tiempo de tu oración en lectura espiritual. La idea de la lectura es encontrar un pequeño contenido que nos invite y lance a la oración, a los brazos del Amado. Se trata de encontrar contenido para la meditación espiritual (hecha a la luz y calor del Espíritu Santo).   

 3.    Meditación

 Una vez hallado el punto de reflexión, empieza la meditación, tratando de ahondar en el sentido espiritual y la exigencia evangélica contenida en esa idea. Tener muy presente lo siguiente: no se trata de una lectura intelectual. Se trata de una lectura que despierte el amor. Esa es la diferencia entre una meditación intelectual (que despierta el intelecto, las cogniciones y forma la cabeza) y una meditación orante (que despierta a amar y forma el corazón). La oración teresiana es cuestión más del corazón (“amar mucho”) que de la cabeza (“pensar mucho”). Para esta meditación es recomendable “entrar en sí”, “recogerse en el interior”, en “la interior bodega de mi Amado”.

 Lo propio de la oración teresiana es el “trato de amistad” con “quien sabemos nos ama”; es la relación amistosa, afectiva, cálida. Este “trato de amistad” me lleva a querer conformar mi voluntad con la del Amigo, hasta llegar a la unión de voluntades.

Partiendo de la idea suscitada con la lectura y en la meditación, establecer un coloquio amoroso con el Señor, hablar con Él (de ti y de Él, como los enamorados).  

 4.    Contemplación

 Del diálogo con palabras hay que pasar al diálogo silencioso con el Amigo. Contemplarle, mirarle. En lenguaje de la Santa Madre: “mira que te mira”. Aquí “no os pido más que le miréis”. Es el silencioso juego de las miradas de los enamorados que son confidentes. Quédate en silencio exterior e interior, pendiente sólo de los labios y mirada amorosa del Señor. Es tiempo de escucha. De estar mudo y perseverante, dejando que “el Amigo” te trabaje en secreto. Dice la Santa Madre: “Entiende que sin ruido de palabras, le está enseñando este Maestro divino…En la contemplación…Su Majestad es el que todo lo hace, que es obra suya sobre nuestro natural”.

5.    Acción de gracias

 Es importante hacer consciencia de lo que el Señor ha obrado en ti en tu oración: de las luces y calor que te ha dado. Es justo darle gracias.

 6.    Ofrecimiento

 Es importante no dejarlo todo en el aire (en suspenso). Hay que intentar aterrizar la experiencia y de acuerdo a lo que el Señor te ha inspirado, hacer algún propósito u ofrecimiento. ¿A qué te invitó el Señor? ¿Cómo vas a secundar esa divina voluntad?

7.    Petición

Aprovecha esa intimidad con el Señor para pedirle su auxilio en provecho propio o ajeno. A veces hacemos ofrecimientos o propósitos que sólo podemos cumplir con la gracia del Señor.

 Nota: Esto es sólo una guía para entrar en el ámbito de la oración carmelitana. Hubo en Congreso en México cuyo tema era “la oración en el Carmelo: pasado, presente y futuro”, cuyas actas están publicadas. La oración no es dogmática porque está sujeta a las personalidades, temperamentos, historias personales y sensibilidades de cada uno. Lo importante es que cada uno encuentre su ritmo propio de oración, su ritmo propio de intimidad con el Señor.

Modo para recoger el pensamiento para los que comienzan oración

Según Santa Teresa de Jesús

(Camino de Perfección, capítulo 26)

Preparación:

 “Pensar y entender qué hablamos, y con quién hablamos, y quién somos los que osamos hablar con tan gran Señor…pensar esto y otras cosas semejantes de lo poco que le hemos servido y lo mucho que estamos obligados a servir es oración mental”.

 Primer paso:

 “Examinación de la conciencia y decir confesión y santiguaros”.

 Segundo paso:

            “Procura, luego, pues estás solo tener compañía…Representa al mismo Señor junto contigo y mira con qué amor y humildad te está enseñando…No estés sin tan buen amigo”.

La Santa nos anima: ¡Acostúmbrate, acostúmbrate! Mira que sé yo que puedes hacer esto…No te duela el tiempo en cosa que tan bien se gasta…Puedes acostumbrarte a ello, y trabajar cabe este verdadero Maestro.

  Tercer paso:

 “No te pido ahora que pienses en él, ni que saques muchos conceptos, ni que hagas grandes y delicadas consideraciones con tu entendimiento; no te pido más que le mires: mira que te mira”.

 La Santa recomienda: “Si estás alegra, mírale resucitado; que sólo imaginar cómo salió del sepulcro, te alegrará…Si estás con trabajos o triste, mírale camino del huerto; ¡qué aflicción tan grande llevaba en su alma!”

 Cuarto paso:

 “No sólo le mires, sino hólgate de hablar con él, no oraciones compuestas, sino de la pena de tu corazón, que las tiene él en muy mucho. ¿Tan necesitado estás Señor mío y Bien mío, que quieres admitir una pobre compañía como la mía, y veo en tu semblante que te has consolado conmigo?”

 Recomendaciones de la Santa: “Para ayuda de esto procura traer una imagen o retrato de este Señor que sea a tu gusto…para hablar muchas veces con él; o, también te ayudará, tomar un libro bueno para recoger el pensamiento”.

 Nota: La Santa no nos ofrece un método de oración, sino algunas pistas que ella experimentó y que le ayudaron en su búsqueda y encuentro con Dios por medio de la oración.