I. Testimonio para nuestra Iglesia Hoy

Datos de una Vida

Actualidad: Jean Guitton: (Sta. Teresita es uno de los grandes genios del cristianismo).
63 Congregaciones religiosas se inspiran en Teresita.
 
S.teresita2Desde un principio es necesario distinguir entre Teresa de Jesús y Teresa de Lisieux o Santa Teresita. La primera es española del siglo XVI. Hay una distancia de tres siglos y medio entre una y otra.
     Teresa Martín nació en Alecón el 2 de enero de 1873. Sus padres Luís y Celia Martín aseguran las necesidades de su familia con un taller de encajes. El negocio prospera y los Martín viven en un modesto bienestar.
     Han tenido nueve hijos, pero en aquella época la mortandad infantil era grande y le quedan cinco hijas: María, nacida en 1860; Paulina, en 1861; Leonia  en 1863; Celina en 1869 y Teresa, la más pequeña.
    Los Martín son católicos convencidos y fervorosos. Los dos en su juventud pensaron en su vocación religiosa. Conservaron de ello profundas convicciones, que enseñaron con sencillez y profundidad a sus hijas. Los padres cada mañana temprano van a misa y, desde que empiezan a hablar, sus hijas aprenden a rezar.
    El 28 de agosto de 1877 muere la mamá de Teresa. A sus cuatro años, Teresa, hasta entonces la niña feliz y mimada como la pequeña de la familia, queda profundamente impresionada. En su diario, redactado en 1895 escribe a Paulina, su hermana:
 
                   “A partir de la muerte de mamá, mi carácter feliz cambió completamente; yo, tan viva y tan expansiva, me convertí en tímida y apocada, sensible en exceso. Una mirada bastaba para que me fundiera en lágrimas… sin embargo, continuaba estando rodeada de la ternura más delicada”
 
En efecto, el señor Martín y sus dos hijas mayores van a llevar adelante el hogar.
 
En 1886, en la noche de Navidad, va a experimentar un cambio en su personalidad. De una persona sensible en extremo, se experimentó habitada por la fortaleza de Dios. Así describe esta realidad:
 
                       “En esa noche en que Jesús se hizo débil y sufriente por mi amor, él me volvió fuerte y valiente, me revistió de sus armas y desde esa bendita noche no fui vencida en ningún combate; al contrario, fui de victoria en victoria y comencé por decirlo así: ¡ una carrera de gigante! La fuente de mis lágrimas se secó y no se abrió desde entonces más que rara y difícilmente… ¡La pequeña Teresa había encontrado la fuerza de alma que había perdido hacía cuatro años y medio, y la había de conservar para siempre! Sentí entrar la caridad en mi corazón, la necesidad de olvidarme para agradar, y desde entonces he sido feliz.”
 
El año de 1887 es para Teresa un año de desarrollo físico, intelectual, moral y espiritual. Su vocación de contemplativa se ahonda y fortalece.
    El 9 de abril de 1888, Teresa hace su entrada al Carmelo de Lisieux. Tiene 15 años y ha sufrido muchas dificultades para entrar tan joven en la Orden Carmelitana. Obstáculos que vienen de todos los lados, de su familia y de los mismos superiores religiosos. Opinan que no tiene la edad suficiente y que va a ser como la niña de la comunidad. Ella ha descrito los momentos de despedida con las siguientes palabras:
 
                       “En cuanto Jesús descendió al corazón de mis queridos padres, no escuché en torno a mí más que sollozos; solamente yo no lloré, pero sentí mi corazón latir con una tal vehemencia, que me pareció imposible andar cuando llegaron para hacernos señal de venir a la puerta conventual. ¡Ah!¡Qué momento aquel! Es necesario haberlo pasado para saber lo que es… Mi emoción no se notaba al exterior; después de haber abrazado a todos los miembros de mi familia querida, me puse de rodillas ante mi incomparable padre, pidiéndole la bendición; para dármela se puso él mismo de rodillas y me bendijo llorando… Al fin, mis deseos se habían cumplido, mi alma sentía una paz tan dulce y profunda, que sería imposible expresarla, y desde entonces… esta íntima paz ha sido mi herencia, no me ha abandonado en medio de mis mayores pruebas.”
 

Nueve años en el Carmelo 

    En el Carmelo, Teresa va a vivir con intensidad su vocación carmelitana. Vida de silencio, oración y trabajo. Con la Biblia en la mano, con Teresa y Juan de la Cruz, va a elaborar una nueva síntesis de espiritualidad: su caminito.
    La noche del jueves santo, 3 de abril de 1896 tiene un vomito de sangre. Va ser el principio de su enfermedad, tuberculosis, que la llevará hasta el final de sus días. Su muerte acaecida el 29 de septiembre de 1897 aparece en plena juventud. Sus últimas palabras, recogidas por sus hermanas que estaban presentes, fueron: “DIOS MIO, OS AMO”. (24 años).

Historia de un alma 

     El que quiera acercarse a la figura y al mensaje de Teresa tiene que conocer los Manuscritos Autobiográficos o mejor conocidos como “Historia de un alma”.
     A los lectores que pretenden entender bien su mensaje y su personalidad, hay que aconsejarles que no se queden en el estilo de su lenguaje. Es un lenguaje muy dulce, tierno, pertenece al “romanticismo francés”. Debajo de éste ropaje está el mensaje claro del Evangelio y una de las mejores interpretes de la doctrina de San Juan de la Cruz.
Al año de morir Teresa, su hermana Inés se pone a trabajar. Con los escritos dejados por Teresa compone un volumen, es la “Historia de un alma”. El éxito es inmenso. Se traduce a todas las lenguas europeas y al japonés y se comienza a hablar de la canonización.
    El Papa Pío X ha leído la Historia de un alma, que le ha seducido. En 1907 no duda de hablar de Teresa como “la mayor santa de los tiempos modernos.”
    El 17 de mayo de 1925, Pío XI proclama solemnemente la santidad de Teresa. Dos años más tarde la proclama “Patrona de las misiones”, junto con San Francisco Javier.
 
     Desde la aparición de la Historia de un alma, los estudios sobre Teresa se han multiplicado. Decenas de libros  han analizado su camino espiritual. 1700 Iglesias en el mundo llevan su nombre.
 
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II. Lecciones para nosotros hoy

 

    El catecismo holandés emplea unas palabras significativas sobre Teresa de Lisieux. Demuestra la actualidad de nuestra Santa.

 
             “Teresa hubo de conocer y sufrir terribles dudas contra la fe, antes de morir a los 24 años en su convento. Nada quedaba de su fe fuera de su postrer abandono: quiero creer, ven en ayuda de mi poca fe. Esta joven se convertía, así, en una santa digna de ocupar un lugar entre los héroes citados en Hebreos 11. En medio de la gran crisis de fe que sus contemporáneos en Europa –tanto intelectuales como obreros- estaban atravesando, ella soportó este sufrimiento con ellos, sumida en el más extremo abandono al amor durante 18 meses. ¡Cuántas vidas han hallado ahí su nacimiento” (p.346).
 
Es curiosa la presencia de la pequeña Teresa en el catecismo de la Iglesia Católica. Existen varias citas que nos están hablando de una actualidad en la Iglesia de nuestros días. 
 
Hemos creído en el Amor
 
       Estas palabras que leemos en la primera carta de Juan (4,16) brotan del corazón del discípulo amado como un canto triunfal. Con términos parecidos e igual estremecimiento, la carmelita de Lisieux expresa su fe en el Amor infinito de Dios. Su santidad, su doctrina, su vida toda, son la manifestación de esa fe. La fe en el Amor, fe firme, sencilla, es la esencia del espíritu de Teresa, su raíz más profunda.
 
       No sin un designio especial de Dios, Teresa, huérfana de madre desde su primera infancia, se volcó en la persona de su padre y adquirió la experiencia del amor paterno más tierno y solícito. Por eso, Dios se presenta al espíritu y al corazón de Teresa como un verdadero Padre, el Padre más tierno y cariñoso. Esta es la primera enseñanza del Evangelio y la vida de esta santa carmelita es el comentario más sencillo y más hermoso del Evangelio.
 
      Esta es la raíz de donde brotan sus virtudes: el amor, la humildad, la confianza, el abandono y la alegría...
 
                     “¡Oh, Jesús mío! Tal vez sea una ilusión, pero creo que no podéis colmar a un alma de más amor del que habéis colmado a la mía.. Aquí abajo no puedo concebir una mayor inmensidad de amor de la que os habéis dignado prodigarme gratuitamente a mí, sin mérito alguno por mi parte” (Ms. C, 35r).  
                  “Comprendo que no todas las almas pueden parecerse; es necesario que haya diferentes tipos, a fin de honrar especialmente cada una de las perfecciones de Dios. A mí me ha dado su misericordia infinita, ¡y a través de ella contemplo y adoro las demás perfecciones divinas! ... Entonces, todas se me presentan radiantes de amor... ¡Qué alegría más dulce pensar que Dios es justo, es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente la fragilidad de nuestra naturaleza! ¿De qué, pues, tendría yo miedo?” (Ms. A, 83v). 
 
Con la Biblia en la mano
 
        ¿Dónde aprendió esta mística francesa toda esa sabiduría? No en la predicación, ni en los sacerdotes de su tiempo. La oratoria de la Iglesia estaba centrada en el polo opuesto: en el temor, en el infierno, en el castigo, en la justicia de Dios... 
        Sin embargo la santa de Lisieux bebe su experiencia y su doctrina en el Evangelio, su libro favorito. Lo lleva siempre consigo, lo sabe casi de memoria, es luz para los peregrinantes.
 
                   “Cuando leo ciertos tratados espirituales donde la perfección viene presentada a través de mil intrincadas dificultades, rodeada de una multitud de ilusiones, mi pobre espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro que me rompe la cabeza y me seca el corazón, y tomo la Escritura Santa... Una sola palabra descubre a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil; veo que basta reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de Dios” (CT 203). 
 
     En efecto en la Escritura va a beber la esperanza de la misericordia, el amor de Jesús por los pecadores y por los últimos de su tiempo. Más de una vez cita las palabras de Jesús: “No tienen los sanos necesidad de médico, sino los enfermos... No he venido Yo a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 12-13). Ella ha contribuido a que el Evangelio siga siendo buena noticia, el libro básico del creyente, el primer manual de espiritualidad. Esto que hoy es obvio, no era tan claro en el tiempo de Teresa de Lisieux. 
 
                 “No tengo más que poner los ojos en el santo Evangelio, y en seguida respiro los perfumes de la vida de Jesús, sé por qué lado he de correr... No me lanzo al primer puesto, sino al último. En vez de adelantarme como el fariseo, repito, llena de confianza, la humilde oración del publicano. Pero, sobre todo, imito la conducta de la Magdalena. Su asombrosa, o mejor, su amorosa audacia, que encanta el corazón de Jesús, seduce al mío. Sí, estoy segura de que aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto por el arrepentimiento, a arrojarme en los brazos de Jesús, porque sé muy bien cuánto ama al hijo pródigo que vuelve a Él” (Ms. C, 36v).  
 
El descubrimiento de la pequeñez
 
        Teresa se siente desbordada por el amor a Dios que “todo es gracia” y a esta experiencia la ha conducido el Evangelio. Al mismo tiempo la carmelita de Lisieux siente la miseria, su pobreza, su pequeñez. 
        Para expresar esta realidad emplea varios simbolismos, uno de ellos es la arena. La arena es una masa anónima, formada por pequeños granos, todos iguales, casi invisibles, no llaman la atención, todo el mundo los pisa. 
        En realidad la vida de Teresa es la aventura de todos nosotros, de cada uno de los cristianos. Después de haberse esforzado, con mayor o menor entusiasmo, por conquistar el amor poniendo en práctica sus propios medios y esfuerzos, todo cristiano tiene que pasar por la noche que purifica, y terminar por abandonarse en las manos del Padre. Así, pues, el descubrimiento de la pequeñez es básico, nos da la sencillez de corazón, la comprensión la ternura, la paciencia, el abandono y la confianza en Dios. Sin esta realidad nos hacemos intransigentes, duros, incomprensivos, intolerantes, en definitiva, una especie de fariseísmo.
 
                       “te equivocas... si crees que tu Teresita marcha siempre con ardor por el camino de la virtud. Ella es débil, todos los días adquiere una nueva experiencia de ello; pero Jesús se complace en enseñarle, como a San Pablo, la ciencia de gloriarse en sus enfermedades. Es esta una gracia muy señalada, y pido a Jesús que te la enseñe, porque solamente ahí se halla la paz y el descanso del corazón. Cuando una se ve tan miserable, no quiere ya preocuparse de sí misma, y sólo mira a su único Amado... (Cta.87, p.454).
 
     A esta tarea de purificación del corazón llegó Teresa por varios acontecimientos de la vida: La aridez en su vida de oración y la enfermedad de su padre. Sus dificultades en la oración la ayudarán a tornarse más pequeña y así convertirse en un granito de arena, adaptándose al terreno del árido desierto. Las dificultades no destruyen su amor, antes bien aumentan su sed de amor: 
 
                     “La sequedad se hizo mi pan de cada día” (Ms. A, 73v). 
 
              “Debiera causarme desolación el hecho de dormirme (después de 7 años) durante la oración y la acción de gracias” (Ms. A, 75v).  
 
Sus retiros son más áridos todavía. Con frecuencia comprueba que también Jesús duerme en su navecilla. La falta de sueño corre el riesgo 
de ser compensada, sobre todo atendida su delicada salud, por una somnolencia en la oración. Esto constituirá una lucha incesante contra esa tendencia involuntaria al sueño que se traducirá en un esfuerzo constante y penoso.
 
Otro elemento es la enfermedad de su padre. La tribulación del padre halla en la hija adolescente una resonancia que le desgarra el corazón. En efecto, el ser más querido de su vida va perdiendo sus facultades mentales. Comienza a desatinar y realiza una huída durante algunos días, tiene alucinaciones. Como consecuencia el Señor Martín se ve obligado a ingresar en un instituto psiquiátrico. Este acontecimiento es descrito de esta forma:
 
                   “¡Ese día ya no dije que podía sufrir más!... Las palabras no pueden expresar nuestras angustias, por eso, no intentaré describirlas. Un día, en el cielo, nos gustará hablar de nuestras gloriosas tribulaciones. ¿No nos gozaremos ya ahora de haberlas sufrido?... Sí, los tres años de martirio de papá me parecen los más amables, los más fructuosos años de toda mi vida. No los cambiaría por todos los éxtasis y revelaciones de los santos. Mi corazón rebosa de gratitud al pensar en este tesoro inestimable” (Ms. A, 73r). 
 
Si hemos descrito el sufrimiento de Teresa no es por masoquismo sino porque ahí radica el centro vital en el que se han desarrollado lentamente nuevas actitudes interiores. Así como Jesús “aprendió por sus padecimientos la obediencia” (Heb 5,8) del mismo modo el alma de Teresa se madura en el mismo crisol. “Qué sabe el que no ha sufrido” dirá Juan de la Cruz, maestro de Teresita. 

III. En favor de la Iglesia

    Para nuestra autora la Iglesia no es en primer lugar acción, sino un corazón ardiente de amor. Comparando el capítulo 12 y 13 de la Primera carta a los Corintios, descubre que lo esencial de la Iglesia no son los ministerios y las obras sino el centro que mueve todo el resto: el corazón, el amor. Este órgano está oculto, al revés que los miembros, pero cuya fuerza calienta, transforma y vivifica. Así pues, lo primero en la Iglesia no son las obras, las programaciones ni las estrategias, sino el amor y la gratuidad.
        “Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones, que el amor era todo, que abrazaba todos los lugares y todos los tiempos...; en una palabra, ¡que es eterno! Entonces, en el exceso de mi amor delirante, me puse a gritar: ¡Oh Jesús, mi amor... mi vocación, al fin la he encontrado: mi vocación es el amor”. 
 
Este amor lo va a extender a las personas más cercanas en su comunidad. En esto Teresa es muy concreta y ve que el precepto del Señor tiene que empezar por los de casa y en lo ordinario de la vida diaria. 
         “Hay en la comunidad una hermana que tiene la virtud de disgustarme en todo; sus gestos, sus palabras, su carácter, me parecen muy desagradables. Sin embargo, es una santa religiosa que debe ser muy agradable a Dios; así, no queriendo ceder a la antipatía natural que sentía, me dije que la caridad no debía consistir en sentimientos, sino en obras; entonces me puse a hacer por esta hermana lo que habría hecho por la persona a quien más amara. Cada vez que la encontraba, rezaba a Dios por ella, ofreciéndole todas sus virtudes y méritos... Traté de hacerle todos los servicios posibles, y cuando me venía la tentación de responderle de un modo desagradable, me contentaba con ofrecerle mi sonrisa más amable y trataba de cambiar de conversación. A menudo también, durante las horas de trabajo, por tener algunas relaciones de empleo con esta hermana, cuando los combates eran demasiado violentos, yo huía como un desertor. Como ella ignoraba absolutamente lo que por ella sentía, jamás sospechó los motivos de mi conducta y permaneció convencida de que su carácter me era agradable. Un día, en el recreo me dijo poco más o menos estas palabras, en un tono muy alegre: ¿Querría decirme, hermana Teresa del Niño Jesús, lo que os atrae tanto hacia mí?; cada vez que me miráis os veo sonreír”. ¡Ah!, lo que me atraía era Jesús escondido en el fondo de su alma... Jesús, que hace dulce lo que hay de más amargo... Le respondí que sonreía porque estaba contenta de verla”.  
 
     Esta caridad desborda el Carmelo de Lisieux. Teresa va a tener cierta correspondencia con dos misioneros, los Padres Mauricio Bellière en Africa, y Adolfo Roulland en China. En esta correspondencia  la santa carmelita se reconoce hija de la Iglesia y expresa su espíritu misionero que vivirá día a día en el Carmelo.
               
                   “Una carmelita que no fuese apóstol, se apartaría del fin de su vocación, y dejaría de ser hija de la seráfica Santa Teresa, la cual deseaba dar mil vidas por salvar una sola alma”. (Cta.177. al abate Bellière. P. 592). 
 
                   “ Me sentiré verdaderamente dichosa trabajando con usted en la salvación de las almas, para eso me hice carmelita; no pudiendo ser misionera por la acción, quise serlo por el amor y la penitencia, como Santa Teresa, mi seráfica Madre”. (Cta.168 al P. Roulland. p.592)
 
Lo ordinario
 
        Como camino de salvación y santificación. El llamado del Vaticano II a la santidad de todo el pueblo de Dios se hizo realidad viva en Teresa. El camino de Evangelio trazado por ella se extiende a toda la comunidad cristiana sin distinción. Es más, la Santa carmelita ha despojado a la santidad de elementos raros y extraños para centrarlo todo en el amor. Va a despojar el camino de visiones, revelaciones, éxtasis... de elementos extraordinarios para centrarlo en lo más básico: el amor. 
Por eso Teresa va a referir que no le gustaría tener visiones, ni revelaciones, porque mucha gente se desanimaría del camino por ella emprendido, lleno de sencillez, de cosas ordinarias pero pletórico de amor concreto.